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Tuesday, 8 August 2017 by

La Buga: en busca de Dagón Parte 1

La delgada línea entre ficción y realidad: un viaje por la selva Guatemalteca

La Buga: en busca de Dagón

Parte 1

La delgada línea entre ficción y realidad: un viaje por la selva Guatemalteca

 

La Buga: en busca de Dagón

Cuántas veces había oído hablar de la Buga; tierra de Garífunas que bailan “punta” sin parar, durante las noches, bajo el cielo caribeño y entrado el día, tomando agua de coco mientras se bañan en sol con las rastas a media espalda recostados a la orilla de la playa. Creo que no pude más con la tentación y le propuse al Editor de este medio que fuésemos a este pedacito de Caribe que se encuentra entre Belice, Honduras y Guatemala, conocido como Livingston, tierra Garifuna, tierra morena conocida como La Buga. Pero no había una sola razón lo suficientemente fuerte como para ir, excepto mi infinita curiosidad por conocer la cultura Garifuna. Así que ideé una excusa, la mejor. Si esta sección de Crónicas de Horror está basada en historias sobrenaturales, por qué no decir que allá se habla mucho acerca de una, la más atroz, cruel y sanguinaria de todas; donde la imaginación más bestial se queda kilométricamente lejos de la realidad.

Cuanta la leyenda que un anfro-caribeño de edad avanzada, por cuestión de varias muertes brutales inexplicables de infantes, fue como decidió vigilar durante 200 noches seguidas la playa. Sólo así, fue como se dio cuenta que cada 13 lunas llenas se aparece Dagon, el Dios-pez. Cuando este, emerge de las profundidades del mar, abrigado por el misticismo nocturno para saciar su sed a costa de las wiras y patojos Garífunas (niños y niñas), dejándolos secos, sin sangre, en el mejor de los casos. Porque en otros, en la mayoría, profana sus cuerpos extrayéndole las vísceras aun estando en vida para alimentarse bajo los mantos lunares… 

Creo que le convenció la leyenda a la junta directiva, porque una semana después, ya teníamos los boletos para ir a Centroamérica. No hicimos más que tomar mochilas y cámaras para partir hacia una aventura más.

Salimos un jueves a medio día por la línea aérea TACA (Transportes Aéreos Centroamericanos). Dos horas después, ya estábamos en el Aeropuerto Internacional de la ciudad de Guatemala (La Aurora). Pasamos al banco para cambiar dinero en moneda local (quetzales). Por cierto, el quetzal vale más que el peso mexicano, por lo tanto nuestros centavitos fueron mermados considerablemente ante el cambio de moneda. Q7.9 quetzales por Dólar. Mientras que el peso mexicano ronda los $17.85 pesos por Dólar. Un país más pobre que el nuestro y su moneda vale más. Qué irónico…

Tomamos el taxi pidiendo nos llevara al hotel El Cortijo, ubicado en la 7 avenida y 2 calle de la zona 9. Según palabras del taxista, el lugar más seguro para alojarse, ya que fuera de esta zona o de la 10, existen muchas pandillas de la Mara Salvatrucha y por nuestro acento, se vuelve el doble de peligroso. Durante el trayecto nos explicó acerca de la ciudad, la cual está compuesta por 21 zonas (una zona es lo mismo que un municipio) cada calle y avenida es identificada por números, ejemplo calle 1, calle 2, etc., lo mismo ocurre con las avenidas. Dentro de la ciudad, las zonas más peligrosas son: zona 21, le siguen la 7, 13, 17, 18 y la zona 1, en esta última se encuentra el centro histórico. Las zonas 9 y 10 son las más seguras (por así decirlo) ya que ahí se concentra la mayoría de los corporativos y hoteles 5 estrellas, así como los mejores restaurantes, es la zona turística por excelencia dentro de la ciudad (La “zona rosa” Guatemalteca). 15 minutos después, llegamos al hotel. 

El tráfico era prácticamente nulo, y no era del todo culpa de ello que hayamos llegado tan pronto, sino que la distancia del aeropuerto al hotel, prácticamente era de unos 10 kilómetros. Consecuencia de las ciudades pequeñas, todo está cerca. Le pagamos los 25 quetzales por el viaje (cerca de 45 pesos) y con una sonrisa entre maquiavélica y maliciosa nos recomendó: “Vos, tenés cuidado que los chapines (guatemaltecos) no queremos a los mexicas ¿me entendés vos?”. Aturdidos nos despedimos.

Nos instalamos en el piso 12, desde donde se podía apreciar la ciudad en todo su esplendor, por cierto, muy limpia y arbolada esta zona. El viernes por la mañana 7:00 am., nos dirigimos a la 15 calle y 10 avenida de la zona 1, para abordar el bus de Litegua que nos llevaría a Puerto Barrios (7 u 8 horas de camino) y de ahí en lancha a Livingston, cerca de 1 hora sobre mar abierto. En el trayecto, hasta antes de salir de la ciudad Guatemalteca, se podía apreciar la pobreza, todo lo contrario a la zona donde llegamos el día anterior, pero al dejar la ciudad, pudimos apreciar paisajes muy bellos, rancherías y llanos interminables. Al entrar el medio día, pasamos un poblado llamado Zacapa, donde se ubica un Centro Recreativo llamado Valle Dorado. Ahí bajamos a estirar un poco las piernas y comprar agua, ya que el calor prácticamente era insoportable. No lo habíamos notado por salir temprano y en el bus el aire acondicionado nos engañaba, pero estando fuera, se acabó el engaño. Nos subimos nuevamente con nuestra “soda o gaseosa” ya que el término “refresco” no existe aquí. 

Abordamos nuevamente el bus. Ya para eso de las tres de la tarde y 8 horas de viaje, pedíamos a gritos llegar. Lo cual fue escuchado ya que el bus se instaló en su terminal. Aliviados, nos bajamos pidiendo al chofer nos hiciera el favor de indicarnos hacia donde quedaba el muelle o puerto donde partían las lanchas hacia Livingston. Nos miró con cara de pocos amigos exclamando: “sho cerote, vos sos mejicanito y no sabés a dónde vas pisado, a la gran puta mucha”. Asumimos que nos estaba insultando y no quisimos seguirle el juego. Más tarde averiguamos lo que nos dijo: “Callate mierda, tu eres mexicanito y no sabes a dónde vas pendejo, a la gran puta bato”

Nos retiramos. Caminamos unas cuantas cuadras hasta que dimos al muelle. Un negro aberrante de piel brillosa y rastas castrosas nos salió intempestivamente al acercarnos. Le calculamos que medía más de dos metros y pesaba entre 130 y 150 kilos. Un gorila que asomaba únicamente lo blanco de los ojos y los dientes. Nos saludó amablemente en español: “pa’ donde va la mara”. Nos preguntó. Livingston, vamos en busca de leyendas. Le respondimos amablemente, diría que exageradamente amables. “Mila que la lancha TATUANA va pa´la ya vos... inche mejicano, tenes el acento a mejicanito ¿eres mejicano vos?”. Simplemente asentimos con la cabeza, después de una advertencia en la ciudad y una actitud agresiva del chofer del bus, no nos dejó más opción que ser excesivamente cordiales con este gorila de dos metros, pero para sorpresa nuestra, este hombre nos trato con una cortesía inusual. Su acento aunque cómico, nos infundía confianza. Nos informó sobre los costos de las lanchas hacia Livingston: 35 quetzales y 45 minutos de tiempo sobre mar abierto. O bien, irnos en Ferri, el cual únicamente cuesta 10 quetzales, no hay asientos y tampoco salvavidas, pero éste sale hasta las cinco de la tarde y tarda dos horas y media en llegar. No había mucho que hacer y por ahorrarnos una lanita, decidimos esperar. Mientras Amilcar nos explicaba un poco acerca de su tierra. El gentilicio para definir a los nativos de Livingston, se les conoce como Garífunas. Y la Buga en castellano significa: Tierra Morena. La totalidad de la población es de color. También nos dijo que le gustaba mucho la música ranchera. Que seguido se hartaba de giffity (bebida local) con la mara (banda, raza o grupo de amigos) mientras escuchaba a José Alfredo Jiménez. Le pregunté qué era el giffity. A lo que muy amablemente nos respondió que era una bebida propia de la cultura anfro-caribeña, la cual es hecha a base de un extracto de raíz. -Muy sabrosa -nos dijo-. Nos habló también acerca del origen de su cultura y lo que representa la Buga, centro turístico por excelencia de Centroamérica. “Lo único que maltiene económicamente a mi pueblo, es el turismo mucha. Por ello es que nos gusta ser amables con el turista, ustedes pueden sentirse seguros caminando a cualquier hora de la noche, esto no es la capital mucha, los mismos garífunas cuidan a los turistas. Aquí no hay malda mucha, no hay robos. Aquí sólo hay diversión, punta y giffity”, -nos dijo Amilcar mientras cobraba a los que iban subiendo a su ferri. 

Durante el trayecto hacia Livingston, nos mostraba las playas que pasábamos. –“mila, allá está Punta de Manabique, esa playa se calacteliza por una leyenda muy famosa que no recuerdo aholita” -¿?- “luego, acá, vos miras Punta de Palma, la arena es más blanca que mis dientles míos”. Pudimos observar la entrada de un crucero enorme. También nos dijo que la mayoría de turistas que visitan la Buga, son europeos. Y entre tanto bla bla, se fue pasando el tiempo, hasta que dieron cerca de las ocho de la noche. 

Llegamos al muelle de Livingston (la temperatura era bastante alta pero hasta cierto punto, con bermudas, y dos litros de agua en la mano, era soportable) El clima era caluroso, típico de una playa caribeña. Antes de bajar y despedirnos de nuestro nuevo amigo-guía, le pregunté por Dagon, pero su mirada esquivó mi pregunta. “Ve con una mi cuata en la 2 av. y 3 calle de la zona 4. Es balato el hostal, y te vas pala playa, un restaurante de nomble Uraga, esta una mi traída (novia), decile que te mando yo, que te prepale TAPADO”. 

Al bajarnos, lo único sensato que se nos ocurrió, fue dirigirnos a la zona hotelera. Pero sin saberlo, ya nos encontrábamos en ella. Algunas casas de dos pisos con bastantes cuartos servían como hoteles-restaurantes. Caminamos algunos metros cuesta arriba sobre la calle principal hasta alejarnos del muelle. La vida nocturna de este lugar nos dio la bienvenida. A los costados de la acera, desfilaban puestos de comida rápida tales como los shukos, y otros donde ofrecían hacerte trenzas tipo rasta. Definitivamente no tenía ni dinero ni el cabello suficiente como para pedir un servicio. Me retire frustrado.

Conforme íbamos en acenso, nos maravillábamos por las construcciones, que aunque modestas, eran agradables a la vista, algunas con techo de hojas de palmera y otras de madera con colores bastante llamativos. También, es necesario informar que jamás en toda mi vida había visto a tanta gente de color en un solo lugar (rubia). Cuando llegamos al centro de la Buga. Nadie lo dijo, la música y el ambiente y las decenas de extranjeros lo afirmaban. A las afueras de un restaurante de nombre Uraga. Cerca de 10 mujeres negras bailando lo que más tarde se nos dijo era Punta. Lo mejor de todo; era música en vivo, no había grandes orquestas, pero si cuatro negros con bastante enjundia que tocaban a un ritmo acelerado el caparazón de una tortuga, un par de maracas, un tambor hecho a base de cuero y una hilera de dientes, creo que de cocodrilo, pero daban un extraordinario sonido. Solo nos quedamos un momento a contemplar el baile. 

Era de noche, estábamos en un lugar desconocido y no teníamos aun, donde pasar la noche. Pero no nos sentíamos inseguros. El ambiente era de fiesta y la zona se sentía bastante tranquila, lo cual era reforzada con algunos policías de turismo que caminaban entre las calles. Nos acercamos a uno para preguntar acerca de algún hotel para pasar la noche, muy gentilmente nos asesoró. 

Bastante barato por cierto, 20 quetzales la noche, alrededor de 35 pesos, no era de lujo, pero tampoco era el hostal que nos recomendó Amílcar. Nos registramos y salimos a dar la vuelta buscando algún lugar para comer. Camino a la playa (del otro lado del muelle de donde llegamos), había decenas de lugares para comer, pero fuimos al que tenía una bandera mexicana en la entrada. Nos sentamos, la dueña era de Veracruz, llego desde hace 30 años porque le fascino la Buga. Con el tiempo, ella y su esposo fueron de los primeros en poner un restaurante en la zona. Nos explicó mientras preparaba TAPADO y pollo agridulce con RICE y RICE & BEANS. Sentados escuchando a nuestra paisana, a lo lejos, el cielo vanidoso se pinta de color naranja y casi cayendo la noche, la luna se encripta en un color ámbar, anunciándo que la noche acaba de llegar. –Aquí, Bob Marley es una religión-. Nos seguía explicando Marifer, nuestra paisana. -Si se dan cuentan, todas las casitas desde el muelle, son de distintos colores, algunas son tiendas y otros hoteles, viviendas o bien restaurantes, como el mío-. ¿Cómo llegaron los garífunas a este lugar?. Le pregunte: –Mira, su historia es bastante simple. Se dice que un par de centenas de esclavos africanos se escaparon de los barcos ingleses al anochecer y se refugiaron en la isla de Saint Vincent y más tarde en Roatán en la costa hondureña, de ahí, al parecer se dispersaron por Belice, Livingston, por otra bahía de honduras llamada la Costa de los Mosquitos y otros tantos por Nicaragua. No es difícil de creer esta historia, basta con ver la cantidad de negros en los lugares que te menciono, pero díganme, que hacen tan lejos de casa, ¿vienen de vacaciones, mochileros o trabajo?-. Pues la verdad, venimos porque hemos oído de algunas leyendas por acá y queremos investigar un poco acerca de ellas, ¿usted sabe algo al respecto?: –Sí, claro, en sí, ¿qué es lo que desean saber?. Pues… ¿qué sabe…?: –Mira, La herencia africana es muy predominante en esta región, las tradiciones orales nos han enseñado que entre los garífunas, el contador de historias (generalmente anciano) no recibe un nombre especial o especifico, pero suele llamársele "cotorreros". Y a los cuentos en sí, se les denominan uragas, que no son otra cosa que cuentos para entretener. Por otra parte, a los garífunas de Izabal, la tradición les enseño que los cuentos se narran en los "velorios" y en "los nueve días". En los velorios se narran uragas o leyendas. Un dato bastante curioso es que a pesar de existir cuentos e historias escritas, la mayor parte de los uraga garífuna son cantados; es decir, relatos acompañados del canto. –La interrumpo; cuestionándole, Izabal, quiero pensar que es un pueblo ¿se encuentra lejos de aquí?: No, de hecho esta como a dos horas, haya en el muelle salen las lanchas a Rio Dulce, pidan que los lleven al golfete, ahí hay más garífunas. Haya destaca una leyenda, en la aldea de Fronteras, se dice que en el castillo de san Felipe se aparece la TATUANA. No les digo más para que vayan, conozcan e investiguen, les va a gustar. Pero para que no pierdan pisto (dinero), acá también hay una de un pescador, pero mejor vayan a la bahía de Amatique. Permítanme un momento que sus platos ya están. –Vaya, nos dejo perplejos con estas dos leyendas… perdón, URAGAS. Es justo decir que se sentó a cenar junto a nosotros. Al parecer, ya extrañaba platicar con paisanos, más tarde se acercó su esposo y tuvimos una charla bastante interesante. Nos aclararon bastantes dudas al respecto, tal como la actitud de los chapines en la capital, la cual desde esa perspectiva la entiendo, mas no lo acepto. En primera, nos odian porque están convencidos que los mexicanos somos unos engreídos y altaneros y en segunda, porque los chapines que cruzan ilegalmente por México, son sobajados, humillando y violando a la mujeres. Nos recomendó que fuera de la Buga, no confiáramos tanto en los chapines. Pero que en esta parte (La Buga), al cual el único modo de llegar es por lancha con dos accesos, En Rio por Rio Dulce o bien, por Puerto Barrios (donde llegamos nosotros), en ambos casos por lancha. Y ya para finalizar nos recomendó algunos lugares para conocer en la Buga; Los Siete Altares, Playa Blanca, Punta de Palma, Manabique, y Amatique. Básicamente puras playas. Pero que en cualquier caso, los lancheros garífunas eran las personas más confiables del mundo. Y si decidíamos ir a El Castillo de San Felipe, tomáramos el tour que se ofrecía, ya que podríamos ver manatis, cocodrilos, serpientes, manglares, mayas y sobre todo, paisajes espectaculares. Nos retiramos dándoles las gracias por la espectacular comida que nos ofreció, pero sobre todo por la información que nos facilitó. –Váyanse a la orilla de la playa, está infectado de Discotecas, pero no tomen giffity. En este momento hicimos lo único sensato. Irnos a divertir a la playa. Ya mañana nos pondríamos a chambear con respecto a las leyendas, pero hoy no… el giffity gritaba mi nombre, y yo lo obedecí… 

Una carpa de luces y decenas de extranjeros y negros bailando bajo las luces de neón, no nos llamó la atención para entrar, pero si la modelo a la entrada. Una negra de 1.80 en bikini verde fosforescente regalándonos un par de gallos (cerveza) en lata.

Nos decepcionamos un poco, quizás porque solo tocaban música de regué y la famosa punta, o bien; porque todas las chavas (extranjeras), estaban acompañadas. De cualquier manera, solo nos quedamos un momento, había una decena de antros más por recorrer y la noche avanzaba rápidamente. Compramos un par de gallos más y partimos.

Ya cerca de la una de la mañana y después de haber conocido casi todos los bares, nos detuvimos frente a uno, se veía tranquilo pero con música en vivo, pocas personas en su interior, su nombre: DUGU BAR. Entramos con 15 quetzales los dos. No podía irme sin probar el giffity. Pedí uno, 3 quetzales por el trago, bastante barato, pero basto medio vaso, no diré más al respecto.

Al día siguiente nos levantamos muy temprano, cerca de las seis de la mañana ya nos encontrábamos caminando a la orilla de la playa. Teníamos toda la intención de tomar una foto del amanecer garífuna, había luz, sin embargo, aún no brotaba el sol de la inmensidad. Las aves volaban sobre el mar, así que apunte la cámara y tome las aves cruzando el espectacular paisaje. Al revisar la foto en la cámara, me sorprendió que al fondo, apareciera agua salpicada, como si algo se hubiese sumergido, no le tome importancia en ese momento. Después de tomar algunas fotos más, nos encaminamos hacia el mulle. En el trayecto, pudimos observar una bulla inusual, al indagar, se nos ordenó a través del agente del INGUAT (Instituto Guatemalteco de Turismo) que no nos acercáramos a la playa, mucho menos entráramos. Le informamos que íbamos al muelle a tomar una lancha hacia la Bahía de Amatique, pero tajantemente nos dijo que todos los viajes estaban cancelados sin darnos mayor explicación. Siendo que la única manera de dejar esta zona, es vía marítima, no había duda alguna que nos encontrábamos prisioneros en Livingston. Desconcertados, nos acercamos a un anciano para averiguar lo que estaba ocurriendo. Muy amablemente nos dijo que habían encontrado a un patojo muerto abierto del ombligo, sin tripas. Se nos erizo la piel cuando nos dijo que esa noche cantarían la URAGA que muchos se negaban a recordar. 

 

Casi intuitivamente le enseñe la foto que había tomado hacia tan solo unos 30 minutos atrás (De alguna extraña manera vinieron a mi mente recuerdos de la Leyenda de Dagón). La miro, su rostro reflejo sorpresa invadida por temor. No me atreví a pronunciar el nombre del Dios-Pez. Ya que su rostro estaba enmarcado en un temor casi indescriptible. Solo se limitó a aconsejarme: “Vos mila, la foto, jamás la muetres, si no queres pijasos (golpes), podes borrala, la uraga no pode volver, vos andate y no volvas”. Le hice ver que había borrado la foto para darle un poco de tranquilidad. No cabe duda que habíamos captado algo que no sería bueno lo mostráramos a los garífunas. 

Aunque para ser honesto, nos quedamos con la duda acerca de la “cosa” que apareció en nuestra foto que se estaba sumergiendo. Creo que si nos hubiéramos dispuesto a captarla en plena huida, jamás lo habríamos hecho, simplemente el Editor enfoco al horizonte con las aves volando y tomo la foto. Cuando se revisó para ver que tal había quedado, nos encontramos con esta sorpresa. Así que, pues si teníamos una foto de la cosa, porque no otra y bajamos nuevamente a la playa, caminamos algunos metros, el sol empezaba a asomarse, vimos algunas aves tapizando el mar, pero no de la cosa extraña. Casi enseguida llegaron los de IGUAT (Instituto Guatemalteco de Turismo) y nos obligaron a apártanos de la playa. Nos hicieron algunas preguntas, por supuesto no revelamos lo que teníamos en la cámara y nos escoltaron hacia el muelle. “Solo hay dos rutas: o van a Puerto Barrios o a Rio dulce”. Pero nosotros queremos ir a la Bahía de Amatique, le contestamos; sin embargo nos volvió a repetir secamente nuestras dos opciones. Bueno, ya estando en ese plan tan amable, elegimos Rio Dulce, ya que habíamos llegado por Puerto Barrios. 

Cinco minutos después, ya estábamos en el muelle abordando una lancha con cerca de 30 pasajeros, todos extranjeros, no contaba con salvavidas ni radio para comunicarse por si algo nos pasaba. Sin embargo, la actitud del oficial nos obligó a abordarla. 

Ya en camino, el sol discretamente comenzaba a hacer su aparición, permitiéndonos contemplar los paisajes que íbamos recorriendo. El “capitán” de la lancha grito que por cinco quetzales (por tripulante), nos podría llevar a la cueva llamada: La Garganta del Diablo. Luego volvió a repetir lo mismo en inglés. Le tomó la palabra un hombre de edad, al parecer, jefe de familia de un grupo de españoles, decidiendo por todos. El ayudante del capitán empezó a organizar apuestas, retando a que nadie podría entrar a la famosa cueva. Lo cual nos entusiasmó, pero no le entramos a la apuesta, ellos sabían algo que obviamente ninguno de nosotros sabía. 

El español mandón acepto su oferta, la apuesta fue: 100 dólares, alrededor de 780 quetzales, más o menos 1,900 pesos mexicanos. Tan solo por entrar.

Ahora déjeme explicarle un poco la zona que íbamos recorriendo. Era un rio de aproximadamente 200 metros de ancho, la profundidad la desconozco, el agua era verdosa, por ambos costados del rio, lo escoltaban enormes, gigantescas montañas de maleza frondosa. La selva estaba frente a nosotros de manera imponente. Baje la mano para sentir el agua, pero el lanchero me regaño, tenía razón, en esas aguas habitaban cocodrilos, anacondas y manatís. 

Más tarde, como a las diez de la mañana, finalmente se detuvo la lancha en las faldas de una montaña. El “capitán” nos informó que teníamos que caminar cerca de media hora cuesta arriba para dar con la boca de “la Garganta del Diablo”. Personas que no tuviesen condición para subir, sería mejor que se quedaran en la lancha para evitar contratiempos, nadie lo hizo. Cualquier cosa era mejor que quedarse en una lanchita en medio de la selva. Así que todos decidimos subir. Conté el tiempo, tardamos hora y quince minutos para llegar, la humedad era insoportable, el calor no provenía del cielo, las enormes ceibas nos protegían del sol abrasador, pero la humedad que desprendía el suelo era sofocante. No cargábamos agua y no había lugar cercano para comprarla, beber agua del rio no era una opción. De cualquier manera y bañados en sudor, nos paramos frente a la Garganta del Diablo. El lanchero aumento las apuestas después de darnos un poco más de información. “Hace muchos años, haya por la década de los sesentas, personas de Estados Unidos vinieron para tratar de explorar esta cueva, jamás se volvió a saber de ellos”, también nos hizo saber que no hace más de 15 años, un grupo de científicos franceses con trajes especiales intentaron estudiar la cueva, pero se retractaron justo en este mismo sitio donde estamos parados. 

Levante la mano para preguntar el por qué le habían puesto la Garganta del Diablo a esta cueva y solo respondió que los antiguos pueblos mayas habían bautizado esa cueva así, porque nacía del mismísimo infierno. “Ni antes ni ahora, es posible entrar, aun con toda la tecnología posible”.

Nos sorprendió mucho su explicación, ya que solo se veía la boca de la cueva tan normal como cualquier otra. Pero el lanchero aumento su apuesta: 200 dólares por entrar solo un par de metros. Caray, demasiado tentador, pero no me deje llevar por ganar dinero fácil, o eso parecía, ya que por más que analizaba la cueva no veía peligro alguno, es más, el editor enfoco las entrañas de la cueva con el infrarrojo de la cámara para ver que se captaba, pero nada anormal se podía apreciar, incluso avente una piedra para ver si el suelo era macizo, pero todo parecía indicar que era seguro, al menos para entrar un metro y ganar 200 dólares, que muy bien nos podría caer ahorita que nos estábamos quedando sin dinero: mi sexto sentido no me dejo apostar. El español mandón y un inglés aceptaron la apuesta, la única condición que puso el lanchero fue que entraran juntos. No hubo problemas y ambos intentaron entrar, y digo que intentaron, porque de la línea imaginaria que divide la entrada, solo alcanzaron a dar medio paso y se regresaron más rápido que cuando usted va al baño con diarrea. El sudor invadió su cuerpo, el español no dejaba de mover la cabeza y el inglés con el rostro incrédulo no deja de repetir la palabra shit, shit, shit…

 

Una vez que pagaron la apuesta con sonrisas apenadas al lanchero, este invito a todo aquel que deseara entrar, que lo hiciera, el español no dio permiso a sus familiares para que se acercaran y el inglés solo sonrió a lo lejos repitiendo la misma palabra shit, shit, shit… 

Bueno, le diré que intente entrar, pero no pude dar más allá de un pacito de la línea imaginaria de la cueva. Intente una vez más pero el aire quemaba mi rostro obligando a replegarme por mi propia seguridad. Una chava que más tarde nos enteramos venia del país de Israel, aventó una piedra metida en un guante los más adentro y lejos que pudo. Dentro de la obscuridad de la cueva una llama ilumino la Garganta del Diablo. El guante se había incendiado. Ahora entiendo a los mayas Quiches del pasado, del porqué bautizaron de esa forma a esta cueva. 

No hay mucho que explicar al respecto, excepto que el aire dentro de la cueva es sofocante, imposible de respirar, entre más te adentras, más caliente se vuele, al grado de volverse insoportable. No es que crea que la cueva nace en el infierno, pero no creo que este muy lejos de él, o será quizás que la montaña donde se encuentra la cueva, sea un volcán dormido y que esta cueva sea su respiradero natural, quizás, bueno, alguna explicación tendrá que tener…

Nos retiramos satisfechos por los 5 quetzales que habíamos pagado, una experiencia como esta, te acompañara toda la vida. Mientras bajábamos para tomar la lancha, el lanchero lanzo una nueva apuesta; “50 dólares a que no pueden comer lo yo”. No, claro que no, no sabemos qué vas a comer, no podría apostar sin saber qué es lo que va a comer. Solo se limitó a decir que la comida era fresca, era de animal y no hacía daño. Y que para los Quiches era un manjar. Casi la mitad de la tripulación acepto la apuesta, excepto nosotros (no teníamos tanto dinero), solo que para ir a ese lugar, nos cobraría 10 quetzales. Bueno, todos aceptaron y aunque no nos gustara la idea, teníamos que aceptar. Volvimos a tardar cerca de 2 horas en llegar, solo que para este último destino, se tomó un rio más pequeño, más bajo y mucho más angosto, al grado de estirar la mano y tocar la maleza. En esta ocasión mi primera reacción fue la de advertirle al editor que no se separara del grupo, este lugar era realmente escalofriante, jamás en toda mi vida había estado en medio de la selva, en un lancha vieja y oxidada. Había tenido la oportunidad de visitar Palenque, Chiapas y caminar entre la selva de esa región que no resultaba tan amenazante como lo era esta selva, de espesa maleza con ceibas enormes de más de 30 metros de altura y no menos de 2 metros de circunferencia, imposible caminar entre esta selva.

Cuando llegamos al pequeño muelle improvisado, el lanchero parqueo la lancha, saco un machete, se evento al rio que le llegaba a las rodillas y jalo la lancha lo más que pudo a la orilla. Nos señaló un pequeño camino “es por allá”, y casi todos empezaron a descender de la lancha. Unas chicas canadienses no se bajaron de la lancha, dos chavas de Israel tampoco lo hicieron y claro, nosotros dos. Era bastante extraño que nos desviara del camino original y nos metiera a este pequeño rio el cual navegamos alrededor de 1 hora y luego nos dijera que camináramos selva adentro quien sabe por cuánto tiempo más. Las canadienses intentaron hacer una llamada de celular pero no había señal, ya lo habíamos intentado nosotros. 

Nos dijo el lanchero que si deseábamos esperarlo no había ningún problema, nos facilitó su machete por cualquier cosa y nos recomendó que no nos adentráramos mucho a la selva, además de no meternos al agua, si en algún momento nos sentíamos amenazados por algún animal tal como el jaguar, cocodrilo o bien alguna serpiente, no corriéramos más allá a 10 metros de la lancha y de preferencia que no nos apartáramos demasiado, es preferible estar en grupo. En lo que escuchábamos las indicaciones, la selva nos gritó con el sonido más bestial que jamás hayamos oído. Podría jurar que era un dinosaurio el responsable de dicho alarido. Pero el lanchero nos dijo que era simplemente un mono. Creo que decidimos ir con los del grupo hacia su festín de comida, era más seguro estar en grupo que permanecer en la lancha. Definitivamente esta aventura jamás la voy a olvidar.

Ya después de media hora de caminar entre la selva, llegamos con los mayas que hablaban el dialecto ma’n, por lo tanto no entendíamos absolutamente nada, pero el lanchero dijo algunas palabras mostrando un billete de 100 dólares y en seguida nos sonrió el jefe de la aldea. 

Caminamos un poco entre la zona, sorprendidos por la arquitectura de las chozas, los riachuelos de agua cristalina rodando la pequeña aldea. En este caso, muy similar a Palenque, donde las ruinas estan básicamente rodeadas por riachuelos para evitar las inundaciones, definitivamente estos también son mayas descendientes de Palenque. He notado que el 50% de la población Guatemalteca habla el Quiche, Kakchiquel, Kekchi, Mam, entre otros, lo cual es un grupo de idiomas mayas. 

Sorprendidos por lo que estábamos mirando, el lanchero grito que la comida estaba puesta, pero antes de entrar a la choza del jefe de la tribu, tenían que pagar las apuestas aquellas que la aceptaron, pues bien, un grupo de holandeses le dejaron cerca de 600 dólares por concepto de la apuesta. Si el lanchero gana, el dinero que se va a llevar.

Finalmente entramos a la choza, era un poco obscura, pero dejaba ver lo que esta contenía. Una especie de librero que cubría en circunferencia la choza, de no más de tres metros de altura, en la cual se encontraban unas 300 cabezas de mono, quiero pensar que eran de mono, además de varios utensilios como ollas de barro, algunos palillos en forma de tenedores. Todo, hasta cierto punto era soportable, excepto el fuerte olor a carne putrefacta. La canadiense tuvo que salir para evitar vomitar. El jefe de la aldea llamado Tecun, se encontraba sentado al centro de una mesa rectangular de no más de 2 metros de largo por uno de ancho, en el centro de la misma, se hallaba un hueco circular de aproximadamente 15 centímetros de circunferencia. 

El jefe asintió con la cabeza y un maya de edad adolecente salió aprisa, 10 segundos más tarde regreso con un mono de edad adulta perfectamente amagado, el cual nos hacía suponer se encontraba vivo. Nadie se atrevió a cuestionar lo que estaba ocurriendo, el temor encajado en los rostros de cada uno de nosotros era inegable. El lanchero pidió que los apostadores se postraran al lado derecho del jefe Tecun, el mono cuidadosamente fue colocado debajo de la mesa, teniendo el suficiente cuidado de ubicar la cabeza del mono en el hueco de la mesa, el cual embonaba a la perfección. Aun no alcanzaba a comprender lo que estaba a punto de ocurrir, pero me era incomprensible que esa fuera la comida preferida de la tribu Quiche.

Cuando pensé que nada podía ser peor, un indígena Quiche, suficientemente corpulento se acercó con un palo bastante grueso. El adolecente bajo la mesa le dijo algo en dialecto y el hombre corpulento le soltó un “batazo” al animal, destrozándole el cráneo de un solo golpe, el pobre animal no emitió sonido alguno, solo se limitó a convulsionarse mientras el adolecente lo sujetaba para evitar cayera, la sangre bañaba al indígena que se rehusaba a soltar al mono bajo la mesa. El jefe Tecun palpo la nuca del mono, no satisfecho por el resultado, volvió a asentir con la cabeza y el corpulento hombre maya volvió a golpear al pobre animal. Esta vez logro astillar por completo el cráneo del mono. Solo entonces Tecun estuvo satisfecho. De pronto, empezó a quitar los pelos que aun sujetaban parte del cráneo, dejando ver materia grisácea. Con la mano invito a probar a los invitados. 

El lanchero fue el primero en probar los sesos del aún vivo mono. Sé que aún estaba vivo porque al clavarle el improvisado tenedor en la masa encefálica, el mono se convulsionaba  mucho más fuerte, como si le doliese, evitando que cayera, lo sujetaba el adolecente bajo la mesa. Ningún holandés se atrevió a probar después de la invitación del Jefe Tecun. El lanchero sonrió sabiendo que había ganado la apuesta. Las 28 personas que estábamos observando, nos quedamos absortas ante tal crueldad. Tan impactante fue, que olvidamos tomar fotos y fue lo mejor, estaba prohibido hacerlo. Nos retiramos mudos, atónitos, el lanchero grito con satisfacción: “Ah Rio Dulce”. 

Continuara