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Tuesday, 4 November 2014 by

Horror frente al espejo

Dentro de su irreal espejismo; se alcanzó a ver sexy… A sus ojos, por un instante todo era perfecto. Hasta que un parpadeo involuntario limpio sus retinas malgastadas. Su rostro cambio, se miró ¡exaltada!, ¡furiosa!.

 

 

Dedicado especialmente a Dadiana, donde quiera que estes, tu sabes porque, vaya que lo sabes...

 

Horror frente al espejo

 

Su mamá de antemano sabía la respuesta; sin embargo, aun así la llamo para invitarla a cenar. Eran apenas las siete de la noche, aun no se obscurecía del todo, pero ella le grito que no tenía hambre y se encerró de un portazo en su cuarto. Su mamá solo alcanzo a mover la cabeza en silencio de un lado a otro reprochándose la falta de carácter.

Era viernes; sin embargo se sentía demasiado débil como para ir al cine con sus amigas. Arrastrando los pies se dirigió al baño, se miró en el espejo y con un esfuerzo atroz se desinfecto la herida del pómulo derecho. Tenía miedo que su madre la viera en ese estado tan horrendo; por que las preguntas no dejarían de sonar hasta encontrar la respuesta correcta. Hoy no fue la primera, pero si la caída más dolorosa. En otras ocasiones había tenido la fortuna de desmayarse sentada, o bien; en los brazos de Alberto, su novio. Pero en esta ocasión la sorprendió bajando las escaleras del condominio. Para su buena fortuna, solo recorrió los últimos tres escalones antes de impactar el rostro contra el concreto.

Al terminar de la limpieza en su cara, levanto la tapa del inodoro y se inclinó sobre él; pero no vomito nada. No había nada que vomitar. Se puso ropa cómoda y se metió mareada en la cama. Pensó en su mama pero no en lo que hizo de cenar. El hecho de pensar en comida le provocaba repulsión. Sabía que el asco no era producto de un embarazo, pero prefirió creer que sí. También sabía que estaba llegando al límite permitido de resistencia en su cuerpo, pero no sabía cómo parar. Cuando al fin anocheció, no supo si el sueño la venció o un desmayó la poseyó.

Aquella noche; soñó con sus dos hermanos y su madre en un día de campo, con el perro jugando y el viento corriendo a placer bajo el sol. Una vez más como en tantas otras ocasiones: se miró en sus sueños comer a placer sin remordimientos ni culpa. Como ansiaba inconscientemente poder hacerlo fuera de ellos.

Un piso abajo, su madre consternada pactaba a escondidas una cita con el especialista para el sábado a mediodía, no podía postergar más el castigo que se estaba infringiendo su hija. Solo pidió que no fuera demasiado tarde.

Pasada la media noche, el dolor del tórax contrayéndose y el crujir de sus entrañas la volvieron en sí. No intento prender la luz ni levantarse. El dolor se lo impedía abruptamente. Paso sus manos sobre su estómago mientras cerraba los ojos para mitigar un poco el dolor, pero no fue suficiente. Solo la espesa noche fue mudo testigo del terrible calvario que estaba sufriendo. Por un momento creyó dentro de su obtuso cerebro que un vaso de agua calmaría a sus intolerantes tripas. —¡Que terrible error!—. Si no resultaba, siempre estaba la solución forzada en el cajón del escritorio, guardada bajo llave. 

Sintió como las fuerzas abandonaban su cuerpo, mientras el sudor helado surcaba la frente hirviendo. Pero gracias a un esfuerzo sobre humano se incorporó apoyándose de los brazos, giro el tronco y movió sus extremidades inferiores, de manera que esta quedo sentada del lado derecho de la cama. Gestos sublimes de dolor adornaban un rostro anguloso dentro de la noche. Sin opacar del todo la belleza que este desprendía, aun... Se levantó con más inercia que con ganas, tambaleándose, se dirigió al baño de la recamara, encendió la luz mientras cerraba la puerta. Encorvada en todo momento mientras un brazo le cubría el escuálido abdomen, coloco el vaso y abrió la llave, en lo que este se llenaba, se miró en el espejo más anémica que adolorida. No dejo llenar el vaso y lo bebió todo con precipitación. Nuevamente coloco el vaso y nuevamente abrió la llave; esta vez dejo que se llenara y lo bebió una vez más desesperadamente. Sus tripas le exigían a retorcijones alimento sólido, pero no las complació. No pensó en hacerlo. Se limpió con la toalla la boca y miro por primera vez en el espejo sus labios delgados descarnados, pero no se alarmo. 

Se encamino hacia la recamara con un poco de agua en el vaso, apago la luz y encendió la de la recamara. Se acercó y abrió la puerta del closet. Al hacerlo, se miró de frente al espejo mientras su cabeza se inclinó sin desearlo al lado derecho. Recorrió con la mirada su cuerpo y lo vio estropeado, se miró a los ojos con la mirada triste. Pero así se gustaba. Le dio un sorbo más al vaso de agua hasta que sacio su “hambre”. Miró en el espejo, el reflejo de aquella mano que sujetaba el vaso. No comprendió de donde obtenía las fuerzas necesarias para sujetarlo. Recorrió con la mirada su propio brazo esquelético sin alterarse, hasta que no soporto más y lo soltó. Bajo despacio la mirada hacia sus pies descalzos; miro sus descarnados dedos y su empeine huesudo. Pero se sorprendió más por los vidrios rotos. Alzo la mirada, se miró de frente al espejo, y a los ojos sin miedo. Sabía que algo estaba mal desde hace varias semanas, pero no podía detenerlo. —¡No estaba en sus manos hacerlo!.

Se quitó la playera sin dudarlo, seguido del bóxer, el sostén y finalmente las pantis. De cada prenda que se iba desprendiendo, hizo una reverencia viéndose al espejo. 

Cuando al fin se contempló desnuda, con la mirada extraviada, se miró fijamente, meticulosamente. Sabía que no había carne donde tendría que haber, pero se sintió gorda y se odio eternamente por permitirse que eso le pasara a su cuerpo. 

A partir de mañana entraría a una nueva dieta. —pensó—. La cual comprendería: medio vaso de leche en el cereal de la mañana, sin pan de dulce. Dos vasos de agua en la comida acompañado de una manzana, quizás, con un trozo de verdura verde, tal vez también un trozo de pan integral, pero muy pequeño, y para la cena dos vasos más de agua acompañados de media manzana. —Agua natural, pues tenía que evitar los azucares—. Además de duplicar la dosis de pastillas para adelgazar; ahora tomaría una en la mañana y otra en la cena. Asintió con la cabeza al terminar el plan de la nueva dieta.

Su mirada desfallecida, sus ojos sobresaltados ahogados, sus pómulos descarnados y sus dientes pronunciados. La igualaban más a un esqueleto andante que a una joven de 17 años. 

Se miró en el espejo. Parpadeo mientras recorría su descarnada figura de arriba hacia abajo. Se detuvo en su pecho marchito que asemejaban un par de pellejos colgantes sin carne, tendidos sin forma. Los palmo con sus manos esqueléticas, los levanto, se miró a los ojos y por primera vez desde hace tres semanas una lágrima surco su mejilla evaporada. Continuo bajando la mirada observando con detalle la piel demacrada estirada pegada a su caja torácica, luego sus costillas sin carne. Suspiro melancólica mientras continuaba observando su cuerpo. Llego hasta donde dos grandes y puntiagudos huesos salientes a cada extremo anunciaban la cadera, pero no se detuvo. Continuo recorriendo su cuerpo reflejado en el espejo, pasando por las piernas, (o lo que quedaban de ellas) luego las pantorrillas, hasta terminar en los huesudos dedos del pie. Cerró los ojos sin moverse, para no verse más. 

No le gusto ver su cuerpo en ese estado tan famélico. Pero sabía que era producto de su irresponsabilidad.

Levanto la mirada triste y se miró persistentemente en el espejo. No podía ocultarse a sí misma la infinita indiferencia que tuvo para su cuerpo. El creer en las revistas de moda que ser delgada era ser la más bella. En el creer que ser esbelta, era tener a miles de hombres cortejándola. El ver en la televisión las miles de jovencitas triunfantes con la figura perfecta… Se llevó ambas manos al rostro desfallecido, no quería seguir mirando el rastrojo humano que había hecho de su cuerpo. Lloro inconsolablemente en silencio frente al espejo, reflejando una silueta marchita, descarnada, un esqueleto andante forrado en piel blancuzca. Tarde se dio cuenta que ese mundo era irreal, pero cayó en la trampa. No podía seguir ocultando su cuerpo, no podía seguir engañándose, ya no podía engañar a nadie más. Era imposible seguir ocultando que necesitaba ayuda. 

Dio un paso hacia atrás mientras se contemplaba desgraciada. Un gesto sublime de dolor se reflejó en el espejo. Bajo la mirada espaciadamente y contemplo como había sucumbido ante los vidrios rotos del vaso. No se espantó; pero el espejo reflejo su talón izquierdo vaciarse de sangre perezosamente.

Sin fuerzas, intento caminar hacia la cómoda para darse atención, pero su pierna sana la desplomo de un solo tajo. Un sonido hueco se escuchó cuando su cabeza golpeo el piso, sin alcanzar a salir por las rendijas del marco de la puerta. 

Una hora después, volvió en sí. 

No alcanzo a distinguir por sí misma. Solo hasta que se vio reflejada en el espejo como yacía postrada en el piso, con un par de vidrios agudos incrustados entre sus costillas, escupiendo a borbotones su anémica sangre, formando un gran charco tibio de líquido rojo. Solo hasta entonces intento alarmarse. Pero para entonces ya estaba bastante débil como para hacerlo.

Se miró temerosa en el espejo mientras gritaba infructuosamente sin aliento. Pero el auxilio no llego a la recamara de su madre. La ayuda, sin saberlo ella, llegaría hasta el sábado a mediodía. 

Cada vez que intentaba tomar aire para gritar, advirtió como brotaba con mayor fluidez la sangre hacia afuera. No supo si se impuso el miedo a desangrase, o ver su rostro descarnado muriendo. Ya no intento moverse, ya no había las fuerzas necesarias para hacerlo. Solo se limitó a contemplar su cuerpo arruinado desangrarse en el espejo.

Solo un segundo antes de morir, observo su rostro. Miro sus lindos ojos verdes adornados por un par de ojeras cadavéricas demacradas, la piel amarillenta anémica de sus mejillas enfundadas a los pómulos y a las mandíbulas angulosas de su evaporado rostro, sus labios delgados descarnados y su cuerpo inmovilizado por la sangre que desprendía agitadamente.

La bruma se apoderaba sin remordimientos de su insolvente cuerpo. Dentro de su irreal espejismo; se alcanzó a ver sexy… A sus ojos, por un instante todo era perfecto. Hasta que un parpadeo involuntario limpio sus retinas malgastadas. Su rostro cambio, se miró ¡exaltada!, ¡furiosa!. Un pliegue de carne bajo la barbilla altero su agónica muerte. Se odio violentamente por permitir tal monstruosidad. 

Aun había remedio —pensó—. Trato de ayudarse a ver linda y movió la cabeza hacia atrás; más y más hasta estirarla lo suficiente; más y más, hasta que desapareció. Se cercioro una vez más antes de morir que no hubiese ese pedazo de carne bajo el mentón en el cuello, que no hubiese carnosidad, que no hubiese esa pavorosa papada. Sabía que iba a morir y deseaba hacerlo lo más sensual posible. (El espejo, sin miedo, solo se limitó a reflejar en silencio lo que tenía enfrente, como mudo testigo). Solo entonces, con una sonrisa retraída en los labios, murió orgullosa de su escultural figura.

DR CTZM