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Tuesday, 4 November 2014 by

La Celda

Sé que me espanté. No sé qué signifique esto para ti, pero jamás en toda mi existencia había escuchado un grito tan aterrador como el de aquella ocasión. Me sobresalte, lo reconozco, pero sé que no fue una pesadilla: lo sé porque jamás duermo.

 

 

 La Celda

 

Sé que me espanté. No sé qué signifique esto para ti, pero jamás en toda mi existencia había escuchado un grito tan aterrador como el de aquella ocasión. Me sobresalte, lo reconozco, pero sé que no fue una pesadilla: lo sé porque jamás duermo. Para dormir es necesario cerrar los ojos y abrirlos en el punto más alto de la pesadilla, pero los míos no estaban cerrados. Jamás los uso. Siempre está obscuro, siempre es de noche…

No recuerdo a ciencia cierta cuando empecé a tomar conciencia de mi estado. Ignoro también en que época me encuentre. Tampoco sé, si sea el presente o el futuro; de día o de noche. De alguna extraña manera, me aterra todo lo que me rodea aquí dentro. Aunque ignoro que más haya aparte de mí.

He deducido por injerencias mías que estoy atrapado en una celda desde hace una eternidad… creo. Pues no recuerdo la fecha exacta de cuando ingrese a prisión, ni mucho menos el tiempo que me han mantenido en cautiverio, solo…

A veces es necesario tener el espacio suficiente para moverse, caminar. Sin embargo no puedo hacerlo. Para caminar es necesario un camino, unos pies. Aquí no hay, no los uso. La celda es demasiado estrecha como para hacerlo. 

En un principio supuse que me habían enterrado vivo. Pues solo tenía el espacio suficiente para contener mi cuerpo, y por más que gritaba en la obscuridad, era imposible que alguien me escuchara, dado que no obtenía respuesta del exterior. Con el tiempo mi teoría fue descartada, ya que en una ocasión oí lejanamente una escrupulosa voz de mujer decir: —¡Todo marcha bien!—. Su voz; supuse, provenía de algún altavoz pues esta se escuchaba sonora y diluida. 

He tratado mil veces y mil veces he fracasado. Pero no recuerdo él porque estoy encerrado en esta prisión. No cabe duda que debí haber cometido el crimen más atroz de esta época, como para estar en la celda de mayor seguridad dentro de esta prisión. Ya que aún no encuentro la puerta de acceso a mi celda. Además de ser fría y extremadamente húmeda. Se encuentra aislada de todo contacto humano. 

A mis recuerdos acude aquel grito desgarrador de hace unos momentos. Mi mente sin piedad me nubla de horror imaginando la cruel tortura sometida a la dueña de tan angustioso alarido. Solo me resta esperar mi turno. De algo estoy completamente seguro. No estaré confinado a pasar el resto de mis días en esta horrible prisión.

Que contestaré cuando me pregunten ¿Por qué lo hiciste? ¿Quién te ayudo? ¿Dónde está el cuerpo?. O cualquier cosa que sea que haya hecho en el pasado y lo cuestionen. ¿Qué ocurrirá? cuando se enteren que no tengo las respuestas. No quiero imaginar la clase de martirios que tenga que franquear. Cada vez más testifico que no hay salida de esta celda. No es como la imaginaba. De concreto reforzado con barrotes en un extremo y camastro del otro, con un mal oliente inodoro —¡Noo!—. Esta celda no cabe duda debe ser la de mayor seguridad puesto que no es de concreto ni posee barrotes. He estado explorando con el tacto su forma, su textura. Pero no logro imaginármela. Pues es ovulada de tejido aterciopelado gelatinoso, pero suave al tacto. 

A causa de estos últimos descubrimientos fue como llegué a la conclusión de que este no era un centro penitenciario común. Algo horrible debí de haber cometido como para estar en él. Quizás cien metros bajo tierra en medio de algún desierto al norte del país. — ¿Pero por qué...?—. Solo sabía que iba a morir. Aquí donde el tiempo no es tiempo y si lo es, que cruel ha sido. Pues parece que jamás desfila.

Imaginando mi muerte, fue más fácil pasar el tiempo, ya que no recordaba nada: ¿Quién era? ¿Cómo llegue? ¿Mi familia? ¿Tendré? ¿Sabrán que estoy en prisión? ¿Iré al corredor de la muerte? ¿Cuándo? ¿A qué hora? ¿Cómo? ¿Por qué? —Me atemorizaba saber las respuestas. No hice más.

Sé que no ha pasado mucho tiempo desde aquel último aterrador gemido. Estos cada vez son más fuertes y continuos. Todos provenientes creo, de la misma mujer, pues el tono es el mismo. No quiero imaginarlo, pero tampoco puedo evitarlo. A mi mente acuden vagos recuerdos de la época Inquisidora. —¡No!—. ¡Imposible!, no puedo estar recluido en las mazmorras de un convento en el siglo XVI. La celda en la cual me encuentro enclaustrado, está equipada con alta tecnología. Lo sé porque un tubo encajado a mi ombligo me lo dice: Por él, casi estoy completamente seguro se me proporciona alimento. No necesito verlo para saberlo. Con sentirlo me basta para creerlo.

No sé qué han hecho a mi memoria pero sé que rápidamente empiezo a olvidar los pocos recuerdos que dejaron anidados en mi cabeza. ¿Mi familia?, lo ignoro. ¿Mi nombre?, lo desconozco. Me tranquiliza un poco saber que aún no olvido pensar.

Entre más paso el tiempo abrazado bajo las penumbras de mi húmeda celda. Mas escasean mis recuerdos al grado de no saber lo que soy, o si aún soy humano. Pues he tratado de tocar mi cabeza pero esta no es tan fuerte como solía serlo. El cráneo, siento, está conformado por una especie de semi-cartílago; frágil ante cualquier empalme sólido. También he tratado de desconectar el fibroso tubo conectado a mi ombligo; pero he fracasado. Entre más esfuerzo realizo, más aprisiona mi cuerpo, asfixiándolo. 

Nuevamente escucho cada vez más cerca los desgarradores gritos que hacen que me altere los sentidos, ahora débiles de aquella mujer. Seguramente la estaban conduciendo a la muerte pues sus gemidos me lo decían mientras descubrí que me encontraba desnudo. Preparado para caminar hacia el patíbulo.

Instigue a aquella voz gritándole desde la obscuridad de mi celda a que cruzara de una buena vez el túnel… —¡Ve a la luz…!—. Le gritaba. Al final, la luz. Señal de su descanso. Señal de muerte. —¡Sigue la luz, ve a ella!—, Creí gritarle, pero no salió sin explicación sonido alguno. Ahora entiendo que me extirparon las cuerdas bucales. —¡Que más habrán hecho a mi cuerpo estas bestias!, —¿Que habré cometido para merecer semejante castigo…?.

Una nueva voz alcancé a escuchar, también de mujer creo, pero más ronca y fuerte decir: —¡La perdemos!—. Debo reconocerlo, al escuchar esto último, mi cuerpo reacciono convulsionado moviendo brutalmente sus extremidades hacia los cuatro puntos cardinales. —¡Malditos!—, basta de tormentos, basta de martirios y torturas. Déjenla morir en paz de una buena vez.

Creo que me escucharon porque de pronto y sin esperarlo, el silencio fue abrumador. Entonces toda mi celda se movía al unisonó conmigo dentro. —¡Venían por mi!—, lo sé porque cada vez escuchaba mucho más cerca sus voces. Ya no solo era una, eran varias, confundiéndose entre sí. Mis verdugos venían sobresaltados por mí.

Una de las tantas voces que venían a mi encuentro, de hombre al parecer; gritaba alterado exigiendo con autoridad el escarpelo. —¿Dónde había escuchado esa palabra?—, ¿Donde…?. Malditos también me han robado mi memoria.

Dentro de mi celda bajo la penumbra, en medio del horror. Alcance a escuchar con claridad sus maquiavélicos planes. Una voz grave rezumbó por mis oídos perturbándolos. —¿La perdimos?—. Me alegre de cierto modo por la víctima, pero me alarme; pues ahora estaba seguro que sería el siguiente. —¡Ha muerto…!—, confirmo las palabras anteriores aquel que momentos atrás exigió el escarpelo. —¡Voy por el!—, —¿Aún vive?—. Le alcance a escuchar con desconcertantes palabras. Claro que sigo vivo, no sé por cuánto tiempo más pero lo estoy.

Mis presagios más aterradores se tornaban realidad. No había lugar donde esconderme, no había salida. La prisión se mueve y yo con ella. Las puertas de mi celda lentamente se abren. El miedo me invade mientras un hilillo de luz penetra a mi habitáculo. —¡No quiero salir, no debo salir!. Si salgo muero, lo sé; ¡No quiero morir!—. Pero mis sentidos más primitivos toman el control de mi cuerpo, el cual no responde a mis exigencias.

Cada vez se abren más las compuertas de mi celda, la luz no me deja ver con claridad y no quiero hacerlo, no quiero ir a la luz, corro en dirección contraria pero solo en mi mente. Pues mi cuerpo no responde a mis llamados. Enormes garras me toman aprisionando mi cuerpo, intento forcejear pero es en vano, su fuerza es colosal. Me arrastra hacia la luz, ¡es el fin!, ¡es mi muerte!. Jamás creí que fuera tan aterrador cruzar el umbral. —¿Que crímenes habré cometido…?

Mis ojos pesadamente se aclimatan a la luz exterior. Miro borroso mi cuerpo exaltado bañado en sangre con el enorme tubo fibroso conectado a mi ombligo el cual rodea en espiral mi ser, aprisionándolo con fuerza. Mis pesadillas más aterradoras cobran vida de la manera más brutal. Pierdo todo rasgo de cordura, mi cuerpo involuntariamente se convulsiona sin sentido disgustado. El dolor es insoportable.

Mi cuerpo trata infructuosamente de adaptarse al nuevo ambiente fuera de la celda. Pero el clima es muy frio. —¡No soy un asesino!—. Lo sé porque mis miedos más aterradores me lo dicen temblando.

La tortura principia.

Siento un titánico golpe restregarse sobre mi humanidad. Mis débiles suplicios son ignorados. Sin poder evitarlo y sin pena a decirlo, me suelto a llorar cual vil cobarde soy. 

Mientras las enormes garras me mueven sin consentimiento rápidamente para desprenderme del enorme tubo que aprisiona mi frágil cuerpo. Veo como la cortan con enormes pinzas de presión; la sangre brota delicadamente frente a mí. Miro el cuerpo abierto de la mujer inamovible salvajemente tasajeada del abdomen, la sangre corre por doquier. ¡En mí!, ¡en ella!, en las garras que me aprisionan... 

En medio del horror que me rodea, percibo que mis recuerdos se desvanecen tan rápido como mi cuerpo se adapta a la nueva atmosfera a la cual es expuesto. Antes de entrar en shock por la descomunal impresión, alcanzo a escuchar:

— ¿Es niño doctor...?.

DR CTZM