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Tuesday, 4 November 2014 by

El relato que jamás existió

A raíz de aquella amarga experiencia, no he podido conciliar el sueño a placer, no he podido degustar de los alimentos sin percibir esa repulsiva esencia la cual me acompaña a donde vaya. Más aun; no he podido continuar con mi último cuento. ¿Les he dicho ya que mi oficio son las letras?

 

 

El relato que jamás existió

 

Cuando el más abominable horror se postra sobre la atmosfera en la cual te encuentras acorazado en los terrenos que jamás han profanado tus pisadas, desconociendo por completo cualquier ruta de escape. Este; ventajosamente penetra milimétricamente por los millones de poros que rodean nuestro cuerpo provocando que se alerten nuestros sentidos más primitivos. Solo entonces; nuestros sueños más atroces toman conciencia en las penumbras de la noche y de la manera más repulsiva forman miles de imágenes tan grotescas de las cuales no hay humano que se conforte en relatarlas. Más aun; cuando la razón se mantiene sometida ante las deidades más indescriptibles de nuestro razonamiento lógico, la realidad se vuelca despavorida manteniéndose en vil cautiverio en el lugar más recóndito de nuestro ser, dando rienda suelta a las más sublimes pesadillas vueltas realidad. Provocando que el miedo invada nuestro ser, la atmosfera se vuelve irreal, las sombras toman forma y cada respiro traga banalidades tormentosas. La mente entonces, pierde la razón... Creo que eso debió acaecerme aquella tarde. Pues aun no encuentro explicación alguna de aquella aterradora experiencia.

Ya ha pasado más de una semana desde aquella terrible experiencia, pero esa maldita esencia se ha quedado grabada, tatuada en mí ser. He intentado opacarla miles de veces, pero en todas he fracasado. Estoy casi íntegramente seguro que ese asqueroso hedor solo se encuentra en mi mente. Pues hasta el día de hoy nadie más aparte de mí, lo ha repudiado. Pero ya es la hora que no lo soporto.

A raíz de aquella amarga experiencia, no he podido conciliar el sueño a placer, no he podido degustar de los alimentos sin percibir esa repulsiva esencia la cual me acompaña a donde vaya. Más aun; no he podido continuar con mi último cuento. ¿Les he dicho ya que mi oficio son las letras? En realidad y para ser honesto; soy aprendiz de escritor anónimo. De aquellos que solo escriben a escondidas mientras la mente fecunda ideas banales de las cuales más tarde doy vida en relatos de horror... creo. Pues aún no he mostrado mis escritos a nadie por temor a que puedan juzgarme... No soportaría no causar el menor horror a quien lo leyera. Creo que eso me detiene, pero entonces; ¿Cómo se que mis relatos son de horror?, es sencillo, lo sé porque al escribirlos me erizan la piel.

Cuando concluí mi último relato, tenía la cruel sensación de que no era bueno, no horrorizaba, no me infundía el menor temor. Fue entonces que decidí experimentar con algo más real, algo más tangible. No es lo mismo escribir un relato extraído de la imaginación, que una historia obtenida de la más cruel realidad. Creo que causa más horror un canino moribundo arrollado por la carroza, con las entrañas de fuera grabadas en el camino, mirándote melancólicamente, suplicándote ayuda a media calle polvorienta, en la antesala de la muerte, que un ídolo viviente vengativo extraído de alguna cultura improvisada. El horror no es el mismo. La sensación no es la misma.

Fue entonces que acudí con aquella anciana de piel marchita y pelos blancos. Le explique a detalle mi situación, mi oficio y lo que deseaba grabar en las hojas blancas de mi chimuela máquina de escribir. Me miro con sus ojos grisáceos de una forma aterradora, mientras le seguía explicando mis planes para escribir mi mejor obra.

Su casa de adobe desnudo, y la luz de las ventanas entrando y desvaneciéndose al cruzarse con la luz de las ceras al interior de la choza, y los cientos de figuras amorfas, no me intimidaron. Lo supo y me sonrió; Esa sonrisa era de satisfacción, no podía ser de otra índole. Cuando la vi reír, me empequeñeció; lo sé. Ese único diente que poseía, de aspecto amarillento negruzco, me acobardo. Aun no sé qué me causo más repudio; si ver un solo diente podrido asomarse por ambas mandíbulas, o esa verruga asquerosa postrada en la puntiaguda nariz. Trate de ocultar mi cobardía regresándole la misma sonrisa maquiavélica. Entonces; sin más preámbulo y satisfecha por mi respuesta, fue directo a la habitación contigua arrastrando su pie izquierdo. Un corto tiempo después, regreso más rápido de lo que había imaginado, efusivamente me miro y me entrego una vieja carta doblada en sí. Trate de desdoblarla para leer sus secretos guardados, pero ella me lo impidió abruptamente con sus arrugadas manos. No la detuve, solo la obedecí. Su mirada me obligaba a hacerlo.

Camino a casa y con la carta magistralmente doblada en mis manos. La curiosidad se apodero enloquecidamente de mí. No podía con la angustia de saber lo que venía escrito en aquello que sujetaban mis manos; y sin más preámbulos, me aparte del camino rural y me interne en el bosque para leerla detenida y confidencialmente.

Mirad al cielo...

Y pronunciad con firmeza:

Decía el texto, e inmediatamente leí lo que me pedía.

—¡Qué demonios!, lo leí como pude... y luego las imágenes...

Si es que significaban algo, lo ignoraba por completo, solo me limite a describirlas en voz alta y con algo de firmeza....

Al final, en la parte inferior derecha se encontraba un ídolo, o una imagen, o una forma amorfa. Intente describirla pero fracase, necesitaba de alguna manera saber las palabras correctas para poder hacerlo, pero de cualquier manera lo intente. Al terminar de hacerlo, creo que el miedo empezaba a descender en ese momento, porque una extraña esencia empezaba a envolverme surcando a placer mi cuerpo. Esa extraña esencia que hasta el día de hoy me acompaña, poco a poco me abrazaba con sus manos místicas, hasta envolverme, inmovilizándome, cada vez más fuerte. Mas y más fuerte hasta que no pude soportar más la presión y cedí a su voluntad, perdiendo el conocimiento.

Dentro de ese estado de semiinconsciencia, pude vivir en carne propia los horrores más insaciables. La mayoría de los colores que pude palpar, aun no se les asignaba un nombre en el mundo terrenal, y las figuras, esas “figuras”, jugando, viniendo, yéndose, —¡Riéndose de mí!—. Jamás había saboreado las deidades más sádicas y me encantaba observarlo. Una parte de mi razonamiento lógico sabía que había material suficiente para escribir mil novelas y cada una con dosis elevadas de horror extraordinario. Estaba maravillado y aterrado a la vez; pero en ningún momento cerré los ojos, no podía perder detalle alguno. La anciana, esa maravillosa anciana me había dado el pasaporte directo al infierno. Ja ja ja ja, espero que la locura ni la muerte me alcance hasta no darle vida a esta enigmática experiencia. 

Antes de caer en las garras de la locura por todo el horror al cual había sido expuesto, una sombra de aspecto infernal, se postro frente a mí. El miedo, lo sabía, nublaba mis sentidos y mi razonamiento lógico se encontraba aterrado escondido en alguna parte de mi letargo horror. Antes de perder la cordura y caer en la locura, solo un poco antes de desfallecer por el miedo, esa maravillosa sombra me guio hacia la eternidad...

Horas más tarde, volví en sí. 

Nunca había percibido la luz del día tan nítida, tan clara y reconfortante como aquella tarde en medio del bosque. También es verdad que de cierto modo me alegre de abandonar aquel... sueño... Si es que a eso se le puede llamar sueño. La carta, más tarde y sin explicación, se fue coqueteando bajo el viento hasta perderse en el espeso bosque. Tampoco hice mucho en recuperarla, jamás lo volví hacer. Le voy a confesar amigo lector: No podría soportar una nueva dosis de horror de colosales dimensiones. Mi corazón no me perdonaría la muerte una vez más.

¿Un sueño?, ¿Que tan real puede llegar a ser un sueño?, más tarde me interrogue. Si lo que viví fue tan innegable, tan palpable... tan real. La misma esencia putrefacta que me rodea hasta el día de hoy me lo afirma. Estaba inmóvil de frente, ante un umbral de nuevas posibilidades, aquella amarga experiencia me dejo material suficiente para escribir relatos hasta la eternidad y mucho más allá. Ahora si podría sacar mis cuentos a la luz sin el temor de no causar horror a quien se atreviera a leerlos. 

De prisa me senté frente a mi vieja máquina de escribir, —¡Chimuela, por cierto!—, le faltaban tres teclas; la tecla Q, la tecla X y una de las letras primarias del alfabeto, la tecla O. No eran en su mayoría letras principales para la lengua castellana, excepto por la letra O, así que no hice mucho esfuerzo por repararla. Tuve que encender dos ceras más para iluminar mi área de trabajo. Entrelace mis dedos y estire mis brazos hasta tronar mis nudillos. Bien; ahora estaba todo listo para iniciar. Creo que iniciare con la experiencia más desgarradora de aquel día, con la sombra aquella que me arrastro, llevándome a la eternidad…

Ja ja ja ja... siempre creí que mi último cuento seria mi obra maestra, una obra de arte inigualable, pero hoy entiendo que no existe el ultimo. Con tanto material por escribir gracias a esa anciana y su carta infernal, me han dado todo un cumulo de opciones para escribir durante mucho tiempo. Creo que el último cuento es aquel que aún no se ha escrito. Ese que aún permanece fecundándose en la imaginación de quien lo escribe. Hoy lo entiendo, así que me tomare el tiempo necesario antes de darle vida.

Es curioso que hayan pasado cuatro horas estériles sentadas frente a mi vieja chimuela y no haya escrito absolutamente nada. A pesar de tener los escenarios y hechos guardados en mi mente, no puedo relatarlos, no sé cómo hacerlo. Entre mi consciente e inconsciente veo la atmósfera tan real, las formas tan nítidas, las imágenes tan grotescas, la esencia del ambiente; sin embargo, me es meramente imposible poder narrarlas, creo que aun no se han inventado las palabras correctas para describirlas a plenitud. ¿Oh, será que a las mismas palabras les atemoriza ordenarse en oraciones y frases, para describir los hechos tan aterradores que me acontecieron en aquella ocasión? huyendo de mi, lejos de mi vieja máquina de escribir que me mira chimuela impaciente. ¡Sí!, creo que eso debe ser.

El día se empieza a difuminar tan aprisa como el sol se pierde en el ocaso, tan despacio como... algo me ocurre, no sé qué sea...

No soporto ni un minuto más, estas imágenes diabólicas brincoteando dentro de mi cabeza me están volviendo loco. Tengo que sacarlas por cualquier medio. Escupiéndolas en la chimuela, escribiéndolas a mano en las hojas blancas, que hasta ahora solo me han servido como adorno. Oh, en el peor de los casos; contándoselo de viva voz a alguien, cualquiera, me da igual...

Hoy acudí al Doctor, su consejo fue que ante cualquier evento trágico, siempre es bueno contarlo, o escribirlo. La mejor terapia es enfrentar nuestros miedos de manera frontal. Vaya ayuda...

Han pasado tres semanas sin poder escribir algo. Siento que muero lentamente. El dolor no es físico, el dolor es mental. Nada más cruel que un escritor sin un tema del cual escribir. Si no escribes, no eres escritor; tan solo eres un loco más...

Hoy pude escribir algo. La vieja chimuela no me ayudo, no entendí lo que escribí...

Crees ue n e ist , p r el hech ue n est y escrit ...

y e_ist , c n pensarl me basta para e_istir

.................??????????,...............¿?.

La esencia putrefacta que me acompaña es la culpable, lo sé. Mientras la tenga postrada a mi cuerpo, mi imaginación se seca cual vil arrollo del desierto...

Los pocos parientes que vienen a mi encuentro, solo sirven para calmar su curiosidad con respecto a mi estado de salud... Ingratos, no saben que mis bienes ahora están malditos ja ja ja ja ja…

Mis viejos amigos de las eternas tertulias que viene a visitarme, me piden, me exigen que salga, que necesito sol urgentemente. Creo entender que estoy enfermando, mi palidez lo delata...

Necesito sacar estas imágenes de mi cabeza; si no es por medio de palabras o escritos. ¿Entonces cómo?...

Ya no soporto más estas sombras jugando en mi cabeza. Una bala en el cráneo, hasta ahora es la mejor opción para sacarlas…

Tengo el mejor relato de horror jamás visto, y está hospedado dentro de mi cabeza, pero ¡como darle vida!. Como escribirlo si aún no se han inventado las palabras correctas para detallarlo. Sigo siendo un loco más...

Mi muerte esta próxima, lo sé. No quiero verme al espejo para no atemorizarme más...

Esta mañana me desperté desahuciado, sé que no existo, simplemente lo sé. No tengo nada que escribir. Las palabras cobardemente se han apartado de mí, la imaginación se ha vuelto estéril. Sin ello; no tengo los insumos necesarios para escribir. ¡Entonces para qué hacerlo…?

La esencia repulsiva bajo delicadamente aquella mañana hasta cubrir por completo mi espacio. Me abrazo con misericordia replegándome a la cama, asfixiándome prolongadamente con su aroma irrespirable. No hice nada para evitarlo. Creo que mi obra maestra muere lentamente antes de nacer...

 

DR CTZM